
Eduardo Mesa (La Habana, 1969) es un escritor cubano —narrador y poeta— que se integró a la directiva del Partido Demócrata Cristiano de Cuba (PDC). Su trayectoria está ligada a los espacios laicos y humanistas de raíz católica: es miembro de la directiva de Cuba Humanista, fundador de la revista Espacios y coordinó la revista Justicia y Paz y el boletín Aquí la Iglesia, publicaciones vinculadas al pensamiento social cristiano en la isla. También ha colaborado como columnista en medios independientes cubanos. Es colaborador del Observatorio de Derechos Humanos de Cuba (OCDH), es autor de varias publicaciones en Cybercuba, Cubanet y Patria de Martí. Fue fundador de la revista Espacios, dedicada a promover la participación social del laico. Coordinó la revista Justicia y Paz, Órgano Oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el boletín Aquí la Iglesia. Formó parte de los consejos de redacción de las revistas Palabra Nueva y Vivarium. Fue ganador de los premios de poesía Ada Elba Pérez y Juan Francisco Manzano. En la actualidad colabora con diversas revistas. Reside en los Estados Unidos desde 2005.
Micaela Hierro DoriEduardo, buena parte de tu trayectoria nace en el mundo de las publicaciones laicas católicas en Cuba. Contanos cómo y cuándo fundaste la revista Espacios, con quiénes la impulsaste y qué vacío venían a llenar. ¿Qué significaba, en aquella Cuba, promover la participación social del laico desde una revista, y cómo se conecta esa experiencia con tu compromiso posterior?
Eduardo MesaFundé Espacios en 1997 junto a Joaquín Bello, quien era responsable de la formación en Doctrina Social de la Iglesia en la Arquidiócesis de La Habana. Yo colaboraba con él, formaba parte del Consejo de Redacción de Palabra Nueva y acababa de regresar de un curso de periodismo en México. Venía con la inquietud de crear una revista dedicada a la cuestión social y, sobre todo, a promover una mayor presencia del laicado. Joaquín tenía una preocupación muy parecida y de ahí nació el proyecto.
Creo que Espacios venía a llenar un cierto vacío dentro de la Arquidiócesis de La Habana. Existía ya una revista arquidiocesana, Palabra Nueva, pero naturalmente tenía que atender el conjunto de la vida de la diócesis y el tema específico de los laicos no era su prioridad. Desde el Consejo Arquidiocesano de Laicos y, en particular, desde el Equipo para la Promoción Social del Laicado, pensamos que sería positivo contar con una publicación que respondiera de un modo más preciso y explícito a las necesidades del laicado habanero, a su formación y a su participación en la vida social.
La fundación de Espacios se produjo, además, en un momento que considero providencial para la Iglesia cubana. Se estaba viviendo un verdadero florecimiento del laicado y muchas personas se acercaban a la Iglesia en busca de una fe y también de respuestas a preguntas que durante mucho tiempo habían permanecido silenciadas. Todo aquello generó respuestas pastorales muy audaces, a pesar de nuestras enormes dificultades y carencias. Había pocos recursos, pero también mucho entusiasmo, creatividad y una extraordinaria voluntad de hacer cosas. Espacios nació en medio de ese ambiente y, en buena medida, fue también fruto de él. Espacios surgió dentro del Equipo para la Promoción Social del Laicado, EPAS, un servicio del Consejo Arquidiocesano de Laicos. Pero muy pronto fue mucho más que una revista. Se convirtió en un proyecto de formación, diálogo y participación.
El primer Consejo de Redacción lo integrábamos el historiador Manuel Barcia, la profesora María del Carmen Muzio, Joaquín Bello y yo. Andrés Rodríguez, un excelente periodista, fue nuestro primer editor. Después se incorporaron, entre otros, el escritor Julio Ramón Pita, la crítica de arte Lázara Castellanos, la periodista Zoila Martínez, el poeta y opositor Rogelio Fabio Hurtado y el entonces muy joven Jorge Díaz, que después desarrollaría una larga carrera como periodista en la radio de Miami. Tuvimos además la suerte de recibir los consejos de dos maestros del periodismo cubano, Juan Emilio Friguls y Walfredo Piñera. Publicábamos sobre religión, historia, literatura, filosofía, ciencia y pensamiento social, y dedicábamos especial atención a los movimientos laicales y a recuperar su historia. Nos interesaba que los católicos conocieran una tradición de participación laical que, en buena medida, había quedado sepultada después de décadas de comunismo. Con el tiempo empezamos a presentar cada número en la Casa Laical y aquellas presentaciones se convirtieron en encuentros abiertos donde coincidían personas con trayectorias y posiciones muy diferentes.
Recuerdo a opositores como Adolfo Fernández Sainz, Miguel Saludes y Efrén Martínez Purgarón, pero también a Félix Sautié Mederos, que había ocupado importantes responsabilidades dentro de las estructuras políticas y culturales de la Revolución y para entonces había evolucionado hacia posiciones cercanas al cristianismo y a corrientes como el socialcristianismo y la socialdemocracia. Que personas con historias tan distintas pudieran sentarse a conversar en un mismo lugar expresaba muy bien lo que pretendíamos hacer con Espacios. De aquellas presentaciones surgieron conferencias, publicaciones de libros, un suplemento de Arte y Literatura y una galería alternativa. Recuerdo especialmente el homenaje a Jorge Mañach en la Casa Laical, probablemente uno de los primeros que pudieron celebrarse en Cuba después de muchos años. Participaron figuras como monseñor Carlos Manuel de Céspedes, Jorge Domingo Cuadriello, Ivette Fuentes de la Paz, Roberto Méndez y Juan Emilio Friguls. Después publicamos las ponencias de aquel encuentro. Promover el laicado en Cuba significaba algo bastante más profundo que hacer una revista. En un sistema que había pretendido absorber prácticamente toda la vida social, significaba defender la capacidad de las personas para pensar, formarse, asociarse, dialogar y asumir responsabilidades propias. Espacios no nació como una revista política ni como un proyecto de oposición. Era una publicación católica. Pero tomarse en serio la Doctrina Social de la Iglesia significa hablar de dignidad humana, libertad, responsabilidad, participación ciudadana, bien común y límites del poder. Y plantearse seriamente esas cuestiones en Cuba, entonces como ahora, nunca ha sido un ejercicio inocuo. Conviene precisar que estoy hablando de la etapa fundacional de Espacios y del proyecto tal como lo concebimos originalmente. Varios años después de mi salida de Cuba, la revista fue intervenida por la autoridad eclesial competente y pasó a convertirse en un proyecto de naturaleza diferente al original. En Espacios aprendí que la democracia no comienza solamente con partidos y elecciones. Comienza en la sociedad civil, cuando las personas descubren que pueden pensar y actuar por sí mismas, asociarse libremente y asumir responsabilidades sin pedir permiso al Estado. Para mí, aquella fue una verdadera escuela de participación cívica.
Micaela Hierro DoriResidís en Estados Unidos desde 2005. ¿Qué te llevó a salir de Cuba? ¿Fuiste objeto de persecución o presión por tu labor intelectual y tu vínculo con la Iglesia, y cómo viviste esa decisión de partir? ¿Cómo ha cambiado tu forma de servir a Cuba desde el exilio?
Eduardo MesaMi salida de Cuba hacia España, en el año 2000, está ligada a una exposición de arte que promovimos con la Embajada de Polonia y que provocó la ira de Fidel Castro. Aquello desencadenó una cadena de acontecimientos que terminó conduciéndome a este largo exilio. Prefiero no entrar en mayores detalles sobre el asunto, porque hacerlo me llevaría a formular una serie de juicios y opiniones personales que, después de tantos años, no creo que aporten demasiado a este testimonio. Lo importante es que aquel episodio terminó marcando un antes y un después en mi vida y cerrando, de una manera que yo no había previsto, una etapa muy importante de mi trabajo en Cuba.
El exilio ha sido, como para la mayoría de las personas, un salto en el vacío y un cambio radical en mi vida desde todos los puntos de vista: familiar, laboral y personal. Pero, mirando hacia atrás, creo que el saldo ha sido positivo. El exilio me ha obligado a comenzar de nuevo, a adaptarme a realidades muy diferentes y también a mirar a Cuba desde otra perspectiva. Ha sido un camino largo, con momentos difíciles, como tener que afrontar desde la distancia la muerte de familiares y amigos, pero creo que soy mejor persona después de haberlo recorrido. Mantener un compromiso concreto con la aspiración de libertad de los cubanos ha sido muy difícil, porque el exilio es también una forma de muerte civil. Al salir de tu país, de alguna manera desapareces de la sociedad en la que habías construido tu vida: pierdes espacios, relaciones, proyectos y buena parte de las referencias que te daban un lugar dentro de ella. Y en el país al que llegas tienes que comenzar prácticamente desde cero.
En mi caso ha sido, además, empezar dos veces. Después de varios años viviendo en España, establecerme en Estados Unidos significó volver a comenzar y adaptarme a una sociedad diferente. Suelo explicarles a los que llegan que lo primero es sobrevivir, lo segundo es sobrevivir y lo tercero es sobrevivir. Porque tienes que reconstruir tu vida, trabajar, sacar adelante una familia y encontrar tu lugar en una sociedad en la que, de una manera u otra, partes con cierta desventaja. Mi compromiso posterior con Cuba ha estado marcado fundamentalmente por la defensa de los derechos humanos. En ese ámbito ha sido muy importante mi colaboración con el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, participando en iniciativas dirigidas a denunciar la situación dentro de la Isla y a mantener la cuestión de los derechos fundamentales en el centro de cualquier discusión sobre el futuro del país.
Ese compromiso me ha permitido mantener una relación concreta con Cuba sin vivir permanentemente instalado en la nostalgia. Creo que el exilio obliga a encontrar un equilibrio difícil: construir una vida nueva en el país que te recibe y, al mismo tiempo, no desentenderte de lo que ocurre en el país del que vienes.
Micaela Hierro DoriDesde tu militancia en el Partido Demócrata Cristiano y tu trabajo con distintas plataformas, ¿has participado en espacios de diálogo o concertación de la oposición cubana? A lo largo de las décadas hubo numerosos esfuerzos de unidad de la sociedad civil; ¿cuáles considerás valiosos, en cuáles te involucraste, y cómo ves hoy el desafío de construir consensos, sobre todo desde el exilio y entre las distintas corrientes —liberales, socialdemócratas, democristianos?
Eduardo MesaMi experiencia en el Partido Demócrata Cristiano de Cuba ha sido, sobre todo, un aprendizaje. Me permitió participar en algunas campañas e iniciativas concretas. Recuerdo especialmente una campaña por la eliminación de la pena de muerte en Cuba, que tuvo bastante repercusión y que considero importante porque demostró que desde una organización política podían impulsarse causas capaces de encontrar adhesión entre personas y organizaciones de las más diversas orientaciones ideológicas y experiencias políticas y vitales. Fue muy impresionante ver cómo se sumaban a aquella campaña personalidades de muy diferente signo ideológico, algunas incluso con posiciones totalmente enfrentadas sobre la realidad cubana. Pero hubo también un aprendizaje de la propia vida interna del partido. Creo que uno de los mayores méritos del Partido Demócrata Cristiano de Cuba ha sido haber logrado conservar durante mucho tiempo una verdadera dinámica democrática interna, algo que no siempre es fácil de mantener dentro de una organización política.
Para mí aquello tuvo un valor particular. Venía fundamentalmente de participar en la vida de la Iglesia, donde existen amplios espacios de participación y de escucha de opiniones diferentes, pero que, por su propia naturaleza, no es una organización democrática. El PDC me permitió experimentar otra dinámica: la discusión política, la confrontación de criterios, la formación de mayorías y la aceptación de decisiones adoptadas democráticamente. Fue también, en ese sentido, una escuela de democracia.
Mi paso por el PDC me ha permitido observar igualmente algunas de las dificultades que ha tenido la Democracia Cristiana cubana. Ha sido, durante mucho tiempo, un partido fundamentalmente testimonial y, en muchos casos, ha terminado sirviendo de plataforma o de lanzadera para personas e iniciativas que posteriormente han desarrollado proyectos propios y se han distanciado del partido. Eso ha limitado su capacidad para consolidarse como una organización política con identidad y presencia propias.
Creo que esa experiencia ofrece una enseñanza hacia el futuro. La Democracia Cristiana tiene que ser capaz de construir y defender un proyecto político propio.
La propuesta democristiana puede ser de mucha utilidad para articular una visión de futuro para Cuba, naturalmente dentro de una sociedad plural. No creo que tenga todas las respuestas, pero sí principios que pueden ser muy útiles para reconstruir el país.
Porque Cuba no va a necesitar solamente reconstruir su economía. Después de tantos años de comunismo habrá que reconstruir instituciones, recuperar una cultura cívica y, sobre todo, devolverle a la persona el espacio que el Estado le ha quitado. Y ahí hay principios democristianos que me parecen esenciales: la dignidad de la persona, la libertad, la familia, la propiedad privada, el bien común y los límites al poder.
Hay otra cosa que para mí es muy importante: la política necesita un fundamento moral, pero ese fundamento tiene que traducirse en acción. La reflexión moral sin acción puede terminar siendo una catarsis, y la acción política sin principios puede terminar en puro oportunismo. Creo que la Democracia Cristiana puede ayudar a mantener unidas esas dos cosas.
Eso no significa convertir la política en religión ni imponerle la fe a nadie. Una futura Cuba democrática tendrá democristianos, liberales, conservadores, socialdemócratas y seguramente otras corrientes. Tendremos que aprender algo que en Cuba hemos olvidado durante demasiado tiempo: a convivir con el que piensa distinto y a competir políticamente sin convertir al adversario en enemigo.
El diálogo con otras fuerzas políticas es fundamental y la colaboración es necesaria. Pero la Democracia Cristiana no puede funcionar como amalgama de iniciativas que, a veces, pueden estar en franca negación de nuestros principios. Creo que ese es un buenismo que hemos padecido y que aún padecemos.
La unidad tampoco puede significar uniformidad ni renuncia a la identidad propia. Podemos coincidir en objetivos fundamentales —el fin del sistema totalitario, el establecimiento de un Estado de derecho, elecciones libres y respeto a los derechos humanos— y reconocer, al mismo tiempo, las diferencias entre las distintas corrientes políticas. Eso es precisamente lo normal en una democracia.
La Democracia Cristiana tendrá que aprender a colaborar sin diluirse, a dialogar sin renunciar a sus principios y, llegado el momento, a presentar ante los cubanos su propia visión del país.
Mi militancia en el Partido Demócrata Cristiano de Cuba pertenece ya a una etapa concluida de mi vida, pero no considero que haya sido una experiencia cerrada en cuanto a sus consecuencias. Al contrario, me dejó aprendizajes importantes y contribuyó a reafirmar convicciones que me han motivado a continuar, desde otros espacios y de otras maneras, mi compromiso con Cuba y con la construcción de una sociedad democrática.
Micaela Hierro DoriQuiero plantearte tres escenarios posibles para Cuba y pedirte tu lectura de cada uno. Primero: que Estados Unidos intervenga y pacte una salida negociada con la familia Castro. Segundo: un escenario de colapso social con aumento de la represión. Y tercero: una transición más reformista y consensuada, facilitada por sectores del propio régimen hoy en el poder. ¿Cómo ves cada uno, cuál te parece más probable y cuál más deseable, y qué aporte específico puede hacer el pensamiento demócrata cristiano —esa idea de que la libertad debe venir con justicia social y reconciliación— a ese día después?
Eduardo MesaPrefiero no especular demasiado sobre los posibles escenarios porque estamos ante una situación extraordinariamente volátil. Creo que en estos momentos es más importante preguntarnos qué debemos hacer los demócratas cubanos, tanto dentro de la Isla como en el exilio, ante las circunstancias concretas que tenemos delante. Veo dos necesidades fundamentales. La primera es alcanzar una unidad mínima en torno a cuestiones esenciales. No estoy hablando de crear una organización única ni de borrar las diferencias entre las distintas corrientes, sino de establecer algunos objetivos comunes frente al régimen y ante un eventual proceso de cambio. La segunda es disponer de un liderazgo reconocible. Una oposición excesivamente fragmentada y sin una interlocución clara tiene enormes dificultades para actuar políticamente en momentos decisivos. Ese liderazgo tendría que ser capaz de representar unos consensos mínimos y funcionar como interlocutor ante Estados Unidos y otros actores internacionales.
En el caso de Estados Unidos esto tiene una importancia particular. Nos guste o no, es el país que dispone de la capacidad política, económica y disuasoria necesaria para ejercer una influencia determinante sobre el gobierno cubano en un eventual proceso de negociación o transformación. Además, existen instrumentos legales que condicionan una modificación sustancial de la política estadounidense hacia Cuba a la existencia de cambios políticos reales. La ley Helms-Burton establece condiciones para reconocer la existencia de un gobierno de transición y posteriormente de un gobierno democráticamente elegido. Entre ellas están la liberación de los presos políticos, la legalización de la actividad política, el compromiso con elecciones libres y plurales y el respeto a los derechos humanos. La propia ley vincula a ese proceso la posibilidad de suspender y finalmente terminar el embargo económico. Eso significa que una salida puramente cosmética, destinada a cambiar algunos nombres para conservar intacto el sistema, difícilmente respondería a esas condiciones. Tendría que producirse una reforma política real, verificable y encaminada a una verdadera apertura democrática.
En ese contexto, los democristianos podemos hacer una contribución importante. En un primer momento habrá dos ámbitos fundamentales: la ayuda humanitaria y la justicia. Cuba llegará a cualquier proceso de cambio con enormes necesidades materiales y sociales, y atenderlas tendrá que ser una prioridad. Al mismo tiempo, será necesario comenzar a aplicar una justicia gradual, pero efectiva, capaz de afrontar los conflictos que inevitablemente aparecerán en los primeros momentos del ejercicio de la libertad. Después de tantos años sin instituciones verdaderamente independientes y sin una cultura de convivencia democrática, sería ingenuo pensar que el simple cambio político resolverá inmediatamente las tensiones acumuladas.
Ese primer momento exigirá mucha responsabilidad: atender las necesidades más urgentes, evitar la venganza y el ajuste de cuentas, pero también impedir que la reconciliación termine convirtiéndose en una fórmula para garantizar la impunidad. En una etapa posterior, la Democracia Cristiana tendrá que asumir plenamente el desafío de la política de partidos, desde su propia identidad, con autonomía y con sus propios valores. Un concertacionismo que pudo ser útil para la denuncia del régimen y la presencia internacional de la oposición podría convertirse en un lastre en una etapa democrática, e incluso ahora, cuando los distintos actores políticos empiezan a mostrar con cierto desenfado sus propias aspiraciones y proyectos.
En una Cuba plural habrá diferentes proyectos compitiendo por el respaldo de los ciudadanos. Eso es precisamente la democracia. Los democristianos tendremos que saber dialogar y llegar a acuerdos cuando sea necesario, pero también defender un proyecto propio y someterlo libremente al juicio de los electores. Reitero que este proceso tendrá etapas y que cada etapa tendrá su propio afán. Habrá momentos para atender la emergencia, momentos para alcanzar acuerdos mínimos y momentos para competir políticamente. Lo importante será saber distinguirlos y actuar en consecuencia sin perder de vista los principios que nos definen.



